domingo, 6 de marzo de 2011

La forma de la noche (Juan Pedro Aparicio)

Dentro de las novelas acerca de la Guerra Civil que he leído hasta ahora, me ha parecido bastante original e interesante, aunque no me ha acabado de llenar.

M
e ha parecido original sobre todo por ese comienzo medio simbólico, medio onírico y medio real en que los tigres de un nada casualmente llamado llamado Franconi circo se escapan de sus jaulas y crean en la región minera de Asturias un clima de terror y alucinación, de rumores y delirios que se extiende a toda la narración y que es un símbolo muy apropiado para el ambiente de cualquier guerra. El autor aprovecha muy bien ese recurso y logra crear un mundo de nebulosa certidumbre acerca de todo lo que está ocurriendo. Por ello la narración no suele presentarse a través de un narrador objetivo y frío que va mostrando las acciones de forma ordenada y clara. La voz narrativa es más bien impresionista, es decir, que selecciona los momentos y los puntos de vista que cree más esenciales y que casi siempre tienen que ver con las peripecias y estados de ánimo de las personas y los personajes. Los decorados y las descripciones quedan muy en un segundo plano, y tampoco se echan de menos. Al mismo tiempo, ese impresionismo está moderado por el respeto del narrador a la linealidad cronológica, y así el libro no  incluye un excesivo número de retrocesos en el tiempo ni otros recursos que oscurezcan innecesariamente la lectura. De todas formas sí creo que a los lectores que prefieren las narraciones más simples y valoran sobre todo la claridad argumental, este libro puede resultarles más o menos costoso, principalmente porque en ocasiones esa vaguedad les parecerá excesiva, al igual que el número de personajes que aparecen y desaparecen continuamente, con cambios de identidad incluidos.

T
ambién me ha gustado el enfoque que la novela da al conflicto bélico. No cabe duda que los héroes pertenecen sólo a uno de los bandos, que a veces puede aparecer también demasiado idealizado y que también es el único centro de atención del narrador. Pero no es tampoco una clasificación simplista y completamente maniquea. En los dos bandos hay justos y pecadores, buenos y malos, víctimas y verdugos. En el centro de todo ello, las figuras de Chacho y Blanca, con familias que militan en bandos opuestos, con una historia de amor más o menos original y cuya idealización puede -por el lado bueno- hacer de ellos y de toda la novela un símbolo de lo que pudo ser la Guerra y de lo que pudo ser España en esas fechas, pero también -por el lado negativo- unas figuras que desentonan demasiado del resto. Cada uno a su manera y especialmente en el caso de de Chacho ambos se convierten en héroes un poco etéreos  y arquetípicos. La idealización de Blanca es un poco menor pero podría habérsele sacado mucho más partido una vez que su marido, Orencio, regresa del frente y ella queda dividida entre este y Chacho. 

Por todo ello, no me encaja tampoco el final feliz que elige el autor para concluir esta historia. Por un lado no consigue más que alejar a Chacho y Blanca del resto de los personajes, y por otro convertir una historia que se había mantenido muy bien en el nivel de lo onírico y lo impresionista en una novela con un final tópico de historieta de aventuras.


En su favor hay que decir tambi
én que el lenguaje y el manejo de los recursos retóricos aparecen siempre bajo control, en un tono de naturalidad y seguridad completa, y también de apropiada oportunidad, muy adecuados al tono narrativo que se ha elegido para contar la historia. Al final, una novela que puede merecer la pena leer si al lector no le importa una complejidad técnica moderada y vivir en un mundo de personajes que en su mayoría pueden ser reales pero que a veces resultan demasiado perfectos. (Juan Pedro Aparicio: La forma de la noche: Madrid. Alfaguara, 1994, 285 pp.).


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